Los días malos

También hay días malos… y esos hacen que todos los buenos se diluyan con la lluvia que cae sobre ti en el frío Londres. Hace no mucho tuve uno así, pero adelanto que todo pasa. Lo importante es mantener en la cabeza la idea de que nada es lo suficientemente importante… así que, sea lo que sea, no hay que dejar que estropee tu experiencia.

Esta ciudad hace que todos mis sentimientos estén a flor de piel. Aquel día desde que sonó el despertador me levanté negativa y, como al final todo depende de la actitud con la que te lo tomes, terminó siendo un auténtico desastre.

días malos

Las luces de navidad ya estaban puestas y sientes que la vas a pasar sola, lejos de tu familia, de tus amigos y de tu hogar. Un mes más tarde seguía con la sensación de que no tenía mi sitio y calles iluminadas despertaban en mí unas sensaciones opuestas a las de alegría de cuando llegué.

El metro estaba estropeado y no es precisamente fácil aprender a manejarlo… después de un mes me sigo perdiendo cada vez que cojo una línea distinta a la de costumbre. La opción de los autobuses es buena para ver todos los sitios desde arriba y poder situarte (pero no es tan bonito cuando llegas tarde a trabajar y tienes prisa) Y exactamente igual cuando has quedado para tomar una cerveza, pensaba que era la solución más acertada para sonreir ¡Echo de menos poder hacer planes sobre la marcha sin tener que tardar una hora en desplazarme! Incluso por pereza acabas quedándote en casa sin hacer nada… eso hice aquel día, y es la peor opción en los días malos.

El ritmo frenético de esta ciudad iba a acabar conmigo. Al principio prisas por encontrar trabajo, después ganas de poder no hacer nada. Y así pasé mi día libre, viendo como oscurecía antes de comer, sin despegarme de una manta y una taza de café caliente, pensando qué hacía aquí y preguntándome cómo poder borrar de mi cabeza todo lo pesimista.

Pasar un día entero en la cama no es precisamente lo que esperaba al llegar a Londres. Necesitar un abrazo tampoco. Y días así sientes que lo necesitas más que nunca. Intentaba pensar en cosas bonitas, en la gran oportunidad que estaba teniendo, en la cantidad de cosas que me quedaban por vivir… pero las lágrimas salían solas sin poder evitarlo. El frío no ayuda.

Antes podía con todo y sentí como todo podía conmigo. Cuando me hundo normalmente me levanto más fuerte… a la mañana siguiente seguía siendo igual de débil, igual de pequeña. Los problemas se convirtieron en un mundo y solo yo podía cambiar el rumbo de mis emociones. Y aprendí de la impotencia, porque de los días malos también se aprende. Ahora estoy sola y mi felicidad no puede depender de nada ni nadie. Porque, incluso en Londres, las cosas tienen la importancia que quieras darle, y hay que recordar que ninguna es lo suficientemente importante como para hacerte sentir mal.

 

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