Un paseo sobre ruedas

Ese día salió el sol, por fin. Uno de los mejores consejos que hay que aplicar en esta ciudad es lanzarse a la calle si se asoma al menos un rayo… hasta ahora he tenido bastante suerte con el tiempo. Tomar café en terrazas bonitas es uno de mis mayores placeres en Londres. Lo adoro caliente y esa sensación de poner mis manos congeladas sobre el vaho cada mañana mientras pienso en la de cosas increíbles –o no tanto, según el ánimo- que tengo por delante el resto del día.

Una de esas mañanas unos amigos que conocen como disfruto mi ritual y suelen compartirlo conmigo, me comentaban que me fuese despidiendo de ese rato que tanto me gusta. Que el sol desaparecería pronto y las terrazas también. Y que disfrutara, que disfrutara ahora que podía, que fuese cual fuese mi plan para el resto de la jornada que lo hiciese en la calle.

sobre ruedas
Foto: Anabel Rodríguez

Había visto antes gente en bicicleta que parecía pasarlo bien, y justo llegando a casa otro grupo de ciclistas se cruzó por mi camino, ¡era una señal! Es fácil reunir a un grupo de amigos cuando el plan es tan tentador. Después de un mes en Londres había visto los principales sitios turísticos, con un mapa en la mano y tomando fotografías pero, ¿por qué no dar un paseo con otra perspectiva?

Tengo la suerte de vivir muy cerca del Hyde Park, pero como todo lo que se tiene a diario, acaba por no apreciarse lo suficiente ¡Perderse por ese parque es increíble! Éramos un grupo de unas ocho personas, un poco caótico cuando intentábamos transitar por la ajetreada ciudad repleta de personas con prisas y coches circulando a toda velocidad –que aún nunca sé por qué lado vienen- Pero cuando entramos en el remanso de paz que te produce atravesar las vallas del parque, con el olor a naturaleza, los lagos inmensos, ardillas y cisnes… todo es tranquilidad. Disfruté de mi día libre como una niña pequeña pedaleando.

Aprendí a comprender Londres de otra forma. No me sentí como una turista, esta vez era alguien que formaba parte de los sitios que iba y me tocaba disfrutarlos. Esta vez no tuvimos prisas por ver lugares emblemáticos, tan solo corrimos para hacer carreras montados en nuestras bicicletas. Sentí como si fuese dueña de mi tiempo por una vez, como si el día fuese el más aprovechado desde que llegué, con una sonrisa pegada en mi cara a todas horas. El aire me despeinaba y no había nada que me preocupase, tan solo conocer y ser feliz.

Sin lugar a dudas una de las mejores cosas que he hecho en esta ciudad. Cantamos, reímos y nos perdimos. En la ciudad del ritmo vertiginoso a veces también se puede parar el tiempo. Miraba a mi alrededor y cada detalle, la cara de felicidad de las personas que me acompañaban, mis pensamientos y el sol me hicieron sentir viva.

La vuelta fue un poco más cansada y las agujetas ya se notaban. Al caer la tarde refrescaba y la euforia por repetir a diario una ruta acabó quedando en hacerlo una vez a la semana. Tomar cerveza en terrazas bonitas es otro de mis mayores placeres en Londres. La adoro congelada y con la mejor compañía. Y así terminó mi día, cansada y recordando entre risas lo maravilloso que había sido, lo bonito que te puede aportar Londres, lo afortunada que soy por compartirlo con ellos y pensando que ojalá todo siguiese sobre ruedas.

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